lunes, 28 de octubre de 2013

NELSON GARRIDO: VIOLENCIA Y VIDA COTIDIANA. RODRIGO MILLAN Y GONZALO CÁCERES Q.

Rodrigo Millán (RM): Nelson, tu trabajo ha pivoteado hace un buen tiempo sobre la violencia cotidiana en las grandes ciudades y sus efectos sobre las sociedades. Sin embargo, me gustaría preguntarte antes por la violencia episódica, relacionada a dos sucesos puntuales de la historia contemporánea de Caracas: los deslaves del Estado de Vargas (1999) y el Caracazo (1989). En ambos casos el saqueo se vuelve masivo, así como también la inoperancia del Estado para actuar. Te lo menciono porque en Chile, tras el terremoto de 2010, los saqueos fueron amplios en el área metropolitana de una de las ciudades más importantes del país, Concepción, y sus efectos todavía no dimensionados. Dicho esto, ¿Cómo analizas los efectos de ambos episodios sobre la vida cotidiana actual de los caraqueños?

Nelson Garrido (NG): Si claro, supe de los saqueos en Chile después del terremoto. Es algo muy parecido a lo que sucedió hace algunos años en Venezuela, en la zona de La Guaira, al otro lado del Ávila, bien cerquita del aeropuerto de Caracas. Los saqueos son una de las claves para entender toda esa crisis. Las grandes lluvias de diciembre de ese año produjeron un enorme deslave (aluvión) que se llevó por delante viviendas, barrios completos, el puerto, carreteras, todo.
Hubo miles de muertos, toda una mitología en torno a este episodio –afectada por las batallas estadísticas de cifrar las víctimas-, pero por supuesto que con miles de silencios relacionados con cuestiones que prefieren no recordar. La gente no cuenta lo que allí hizo, ni cómo actuaron sus familiares.

Gonzalo Cáceres Quiero (GCQ): Los mantos de silencio…

NG: Si, seguro. Es una situación límite, hubo bloqueos, enfrentamientos armados. Apenas hubo saqueos, hubo también violaciones, una vaina espantosa. A cuenta de eso todos los sobrevivientes empezaron a saquear, tanto los que no tenían comida –que fueron muchos quienes perdieron todo-, como quienes no habían tenido casi ningún problema. Fue un saqueo descontrolado, verdaderamente impresionante. Es cosa de ver los archivos de prensa sobre lo que sucedió en La Guaira.

RM: El Caracazo había sido unos años atrás, Caracas arde y parece ser la culminación o el arranque de algo mayor que se instala en la sociedad venezolana. ¿Lo ves dentro de un ciclo de violencia más amplio?

NG: Bueno, si, claro que hace parte de un ciclo de violencia que es extrapolable a toda América Latina. Es la acumulación de una frustración colectiva impresionante el que apenas sucedan estos hechos, sean naturales o sociales, hacen arder el polvorín. Son una bomba puesta en nuestras ciudades, que cuando explotan lo destruyen todo. No son justificaciones, claro, pero si tienen una razón de ser. Lo del Caracazo, que creo tiene mucho que ver con lo que pasó una década después en los deslaves de Vargas, es una expresión de profunda frustración no expresada.
Ni los partidos políticos ni las instituciones estaban, en ese momento, representando a las grandes mayorías. Ahora tampoco. Y esto no es un fenómeno Latinoamericano, sino de todo el mundo, o por lo menos de Occidente. No nos sentimos representados ni por los políticos que nos mandan. Vamos soportando y acumulando, soportando y acumulando, vamos juntando más y más. Entonces, cuando vienen esos chispazos sociales se desatan crisis gigantes, incontrolables, completamente desatadas.
Lo más insólito del Caracazo, que anuncia la caída del presidente Carlos Andrés Pérez, es que ocurre apenas él había asumido su cargo, tras ser elegido con una de las más altas votaciones. Los mismos que lo eligieron, apenas un par de meses después pedían su dimisión por el manejo de la crisis. La violencia de los militares, los abusos de poder, todo le explotaba en la cara. Es parte de cómo nos hemos ido acostumbrando a que la gran excusa de la democracia sean las elecciones. Con el chavismo pasa lo mismo: manipulación de escenarios electorales, presiones sociales para que votes por uno u otro partido, alteración de las expectativas y de los climas políticos por uno y otro lado.
Si tu votaste por Carlos Andrés Pérez, ¿Cómo de inmediato vas a pedir su cabeza por elpaquetazo?

RM: ¿Con el Paquetazo te refieres a las políticas de ajuste económico neoliberales, no?

NG: Si, claro. Algo parecido a lo que le está ocurriendo a Maduro hoy día: tendrá que promover políticas de ajuste –ahí está su dilema ideológico- que siempre son impopulares.
Mi posición es anti-chavista: yo no voté por Enrique Capriles y su proyecto, sino que voté contra Chávez. Es parte de las opciones electorales que se nos ofrecen en América Latina. Creo que nunca he votado convencido por alguien, siempre he votado en contra de. Ningún candidato ha logrado entusiasmarme genuinamente. Eso es parte de lo que va construyendo una enorme frustración en uno mismo y en la población. Es esa misma frustración la que en parte explica el estallido del Caracazo.

RM: ¿En qué sentido?

NG: Esa violencia estaba acumulada desde hacía años, lo que fue constituyendo una avalancha de nieve capaz de remover barreras hasta llegar al sentido más primitivo. Rápidamente se tradujo en ansias de consumo: los televisores, los betamax, la lavadora, no me digas que esos son bienes imprescindibles en un estado de emergencia.
Fue la frustración de la marginalidad urbana de una sociedad muy particular. Muchos recién llegados desde el campo en la década de los cincuenta siempre estuvieron pensando en pasar sólo algunas temporadas en la ciudad para luego regresar a sus lugares de origen. La mayoría de ellos seguía con sus valores, expectativas y prácticas rurales. Sin embargo, casi nunca tuvieron el éxito esperado, lo que los hizo seguir persistiendo en sus anhelos por ser parte de la bonanza petrolera, de la sociedad de consumo. ¿Qué pasó entonces?
Al momento del Caracazo, aquellos pertenecientes a la tercera o cuarta generación vivían en una dualidad: un esquema cultural ya no anclado en el campo, sino completamente urbano, pero tampoco lo suficientemente integrado a la ciudad. Su condición de vida es la exclusión y la marginalidad, medio siempre fuera de lugar, desarraigados. No tienen un recuerdo ni de la religión ni de las costumbres cotidianas del campo, ni anhelan volver a ese lugar. Viven en la ciudad, pero tampoco se sienten como parte de un colectivo más amplio. Imagínate lo que eso puede significar para cientos de miles que miran cómo el resto disfruta del éxito de una economía, la venezolana de los ochenta, a la que le entran dólares y más dólares.
Hoy día la situación en Caracas sigue siendo parecida; en el país hay doscientos muertos cada fin de semana. ¿Qué es eso? Son más muertos que en cualquier guerra, que en la de Irak, que en Afganistán, que en cualquier parte del mundo. Se ha naturalizado la violencia cotidiana. Y acá no hablo ni de chavistas, ni de anti-chavistas, hablo de doscientos venezolanos. Se está matando personas en todas las clases sociales, aunque evidentemente que las zonas populares esto es aun más radical. Es una vaina que el Estado hoy no tiene cómo arreglarla, no tiene capacidad hoy ni de gestión ni de freno a la corrupción.
Cuando es el Caracazo ya estaban esos síntomas presentes en la sociedad caraqueña. Una de mis obras, Caracas Sangrante (1993), es una muestra de eso. Para mí la obra funciona como la iconografía de una época, allí está su valor. Lo que quise expresar allí era una angustia como ciudadano, algo que todos sentíamos y en parte seguimos sintiendo allá en Caracas. Sea con la derecha, sea con el chavismo, es una sensación en ascenso.Caracas Sangrante se realiza antes del chavismo, esos síntomas estaban ahí.

Todo esto te lo menciono porque estoy harto que las Naciones Unidas lleguen a los noticieros después de una matanza diciendo “Estamos en contra de la violencia en Ruanda, estamos en contra del genocidio”. Hasta cuándo van a pasar por el lado de los síntomas. A veces pareciera que no existieran mecanismos sociales para evitar los hechos antes que sucedan. En Caracas Sangrante está todo explícito…

RM: Si claro, los ríos de sangre que corren por el edificio modernista, los mismos construidos en el ciclo de riqueza petrolera.

NG: Ese edificio es el símbolo de la modernidad caraqueña, del proyecto del país: los grandes edificios, “somos igual que en Nueva York”. Nueva York un coño. En esos edificios grandes no funcionan ni los ascensores ni el aire acondicionado… Subvierto una imagen publicitaria –una fotografía tomada desde un helicóptero-, editándola al agregar los ríos de sangre. Fue increíble, porque la obra se hizo en treinta minutos.

RM: ¿En qué contexto armaste ese proyecto?

NG: Me invitaron a participar de una muestra colectiva que se llamaba Caracas Utópica. Eramos varios artistas participando, y entre las propuestas aparecía Caracas con playas, Caracas con palmeras, Caracas con un guacamayo, etc. Yo decía: ¿qué les pasa a éstos? ¿qué Caracas están reclamando con su obra? Yo no podía sacarme de la cabeza la idea que nos estábamos desangrando.
Uno de los síntomas que veía –y que se ha agudizado- era la proliferación de las rejas en las casas. Cada vez más se ha ido sofisticando con cercas eléctricas, rejas más altas, más complejas, etc. De a poco la gente fue encerrándose y abandonando el espacio público, dejando un campo libre para la emergencia de la violencia y su radicalización. Creo que el problema, sea en las clases medias, altas o en la marginalidad caraqueña, es que las soluciones se buscan por vías individuales, generalmente no buscas alternativas colectivas. Es un círculo vicioso: me encierro por la violencia que hay allá afuera, cedo el espacio a la proliferación de la violencia, menos me atrevo a volver a salir. Si la gente estuviera en la calle estoy seguro que los niveles de la violencia no serían tan altos. Eso por un lado.
¿Qué diferencia existe hoy a los tiempos del Caracazo? Yo sólo veo continuidades. Para mi el Caracazo fue una vaina espontánea. Perdón, más que espontánea, emergente. Fue una iniciativa del pueblo, no estoy seguro si coordinada, aunque si tengo mis sospechas. Creo que hubo factores internacionales que lo movieron… están los famosos motorizados de negro que estuvieron en Caracas durante todas esas horas incitando a la gente a que bajara de los cerros. Los medios de comunicación también incitaron a ello de cierta forma… yo no salí a saquear, estuve a punto de hacerlo, por poquito no salí. En plenoCaracazo la televisión decía “ven, la gente está cansada, ¡hasta cuándo!”, mientras la cámara enfocaba a unos tipos sacando televisores… Los medios te invitaban a participar del saqueo. Existe una recepción del público de ese mensaje, de cierto modo una validación pública a esa conducta. También había intereses económicos de por medio con el Paquetazo, eran varios los que querían que se aplicaran esas reformas. El problema es que a todos se les fue de las manos la situación, nadie se imaginó la crisis que iba a desarrollarse.
Por otra parte somos un país que no tiene experiencia en guerras, no tuvimos una guerra civil y menos participamos de una mundial. Tampoco vivimos el ciclo salvaje de las dictaduras militares del cono sur. Me acuerdo que los días después del Caracazo hubo toque de queda; imagínate eso en Venezuela, donde sólo lo habíamos visto en las películas norteamericanas y por lo que nos contaban los exilados de otros países latinoamericanos. Nadie esperaba que la guardia nacional disparara de verdad y pasó. Te digo que existe un archivo de la televisión que fue prohibido, con escenas tremendas. He hablado con gente que tuvo acceso a este material y me cuentan de cómo agarraron a un muchacho de cinco o siete años y lo ocuparon para lanzarlo contra una vidriera. Hablo de esos niveles violencia, hablo de umbrales superados. Todo eso está mostrándote una sociedad enferma, enferma de consumo por supuesto. La frustración no es por comida o por frío, sino porque no tengo esas zapatillas. El número de muertos que hay ahorita en Caracas es como que todos los fines de semana tuvieramos un nuevo Caracazo.
GCQ: De cierta forma tu trabajo no funcionaría con la lógica del anestesista, sino más bien con la del cirujano. ¿De qué manera fue recepcionado tu visión sangrante de la ciudad?

NG: Es extraño. En esos años, cuando hice Caracas Sangrante, decían que yo era un profeta, que era un maldito, un profeta del desastre. Me decían que era una exageración, una ficción brutal. La historia luego demostró que lo mío no era cuento, lo mío era Disney al lado de lo que después vivimos. Los síntomas estaban ahí mismo.
Siento que la función del arte está en detectar síntomas. Por sí mismo no puede resolver los problemas, tampoco es su tarea. El arte está hecho para crear problemas, para meter el dedo en la yaga diciendo “hermano, está pasando esto”. Tampoco creo que mi obra vaya a cambiar la vaina. Cuando me dicen “¿Qué quiere comunicar su obra?”, bueno, yo no soy fax, ni soy un correo para andar transmitiendo nada. Yo soy un ciudadano a pie, que anda con una profunda angustia por lo que ve a diario. Creo que mi obra es una válvula de escape; toda mi angustia se valida en la medida en que tu te incomodas, en que te hace sentido respecto a todo lo que está sucediendo en nuestra sociedad. La violencia en Venezuela tiene su historia propia, y al parecer sigue en su fase ascendente. Siento que esto va hacia algo peor, es un polvorín a punto de prenderse. Es algo que va más allá de los partidos políticos, más allá de las elecciones.
El aumento del precio del dólar va a generar una crisis grave en Venezuela, te lo digo, pues el gobierno de Maduro se enfrenta a tener que decidir si tomar o no medidas antipopulares. El nivel de escasez que hay ahora en Caracas llega a ser absurdo para un país petrolero como el nuestro. No hay azucar ni leche, cómo puede ser posible con la riqueza que tenemos no poder estar en condiciones de garantizar el abastecimiento. Por supuesto que hay intereses malignos moviendo los mercados, no soy ingenuo.
En 1999 hice la obra La nave de los locos, tres años antes de los sucesos del 11 de Abril del 2002[1] cuando ocurrió esa matanza tremenda, en que la marcha de la oposición es recibida por un grupo de francotiradores dispuestos a matar. Al mismo tiempo los chavistas afirman que fueron atacados por la oposición. Como sea, también es expresivo de la violencia del ambiente. Un muchacho fue asistente mío para la producción de esa serie; a él le pedí que posara desangrándose frente a una manifestación, era parte de la escenificación para la fotografía que estaba tomando. El aceptó hacerlo, y en la imagen aparece sangrando en salsa de tomate. Tres años después ese chico quedó cuadrapléjico por un balazo. No quiero decir que yo sea pitoniso ni nada, sólo mostrar los alcances de la violencia.
En los catorce años que lleva el chavismo se ha fomentado la violencia. El gobierno no ha estado firme contra ella, incluso ha permitido que la circulación de armas aumente. Se sabe que en Venezuela hay personas que alquilan armas. Tu haces un secuestro, yo te arriendo una AK-47. Hablo de armas de guerra. En estos momentos, sin duda, el hampa está mejor armado que la policía.  Te guste o no, el monopolio de la violencia lo tiene que tener el Estado, creo que no hay otra opción. Pero si los malandros está mejor armados, eso si que es gravísimo. Se sabe también cómo en algunas áreas del delito la policía opera o está coludida con los criminales, como ocurre con los secuestros. Yo no se si en Caracas prefiero que me asalte un delincuente o un policía. Puede llegar a ser peor que sea un agente.
En otras fotografías de la misma serie aparecen en el fondo algunas de esas figuras que se dibujan en el piso demarcando al cadaver. Ellas tienen marcados la cabeza y el corazón, como otro síntoma de lo que luego ocurrió: los muertos del 11 de Abril fueron acribillados por francotiradores profesionales, todos tenían balazos en la cabeza y el pecho. Expresivo, ¿no?
Tú sales ahorita en Caracas a las ocho de la noche e imagínate te pasa algo. ¿Qué dice el ministro del interior? “Bueno, el problema de la violencia es que… ¿Por qué la gente sale de noche? ¿Quién los manda?… Si tú saliste de noche es porque algo malo estabas haciendo”. Es como decir “bueno la violaron, pero ella andaba con minifalda” Imagínate, si estás en la calle, algo malo estás haciendo. No hay derecho, es una irresponsabilidad total.
La violencia no tiene captura, es un gran negocio. Es lo que hace posible al narcotráfico, que está metido en todo el país. Entre otras razones vine a inaugurar en Metales Pesados la exhibición “Nadie se atreve a llorar… dejen que ría el silencio…” de Juan Toro. Como parte de su trabajo de registro de las pérdidas individuales y colectivas que conlleva la violencia, ha estado recopilando las tarjetas de identificación que le ponen a los muertos, esas que tienen un número, el mes y el año. Ya ha recolectado setecientas -algunas de ellas ensangrentadas- en las que tu ves que dicen “405, lunes 3 de Abril 2011”, una brutalidad.

GCQ: Estás hablando sólo de homicidios.

NG: Si claro, no muertos por enfermedades. Algo de ese ambiente también está en mi obra “Virgen de Caracas”, que es una reinterpretación de la ciudad y sus íconos. Hay una imagen gráficamente dramática donde coloco a una señora junto a un cadaver y ella portando una cédula en su mano. Esa búsqueda de las madres intentando encontrar a sus hijos, “usted lo ha visto a él” se pasean por las morgues.
En las estadísticas de asesinados cada fin de semana, tres cuartas partes son muertos por armas de fuego, mientras el cuarto restante lo es por acuchilladas. Lo increible –y sádico- es que de los baleados, más del 80% recibió siete o más balazos. Explícame eso socialmente. Pegar esa cantidad es ensañamiento, es sadismo. A veces no devuelven los cadáveres. A mi me preocupan esos siete balazos, ese es un síntoma social. Es tremendo.

RM: No se si analíticamente sea lo más correcto de hacer, pero pueden tener puntos en común los ranchos de Caracas, Maracaibo o Maracay con las favelas de Rio de Janeiro. Te lo menciono porque en estas últimas el narcotráfico, por largo tiempo, controló no sólo la droga, sino también la entrada de los servicios públicos. Es decir, regulaba los servicios del gas, la televisión por cable, la electricidad, etc. Allí, parte de la acción del Estado para desarticularlo es combatir la violencia, pero también hacerse presente en esos territorios y entregar esos servicios. ¿Cómo es allá en Venezuela? ¿Sucede algo similar? ¿Está esa otra dimensión de control territorial?

NG: Si, si, entiendo perfectamente tu pregunta. Pero la verdad es que no, eso no ocurre en Venezuela. Tengo un amigo fotógrafo brasileño que trabajaba en las cárceles de su país; hace un tiempo vino a dar una charla a la ONG y una chica le preguntó algo similar: ¿Qué diferencias ves tú entre las favelas conflictivas de Brasil y los barrios más peligrosos de las ciudades venezolanas? Entonces el tipo dio una respuesta esclarecedora. En Brasil existe una gran violencia, pero las bandas están organizadas, a tal nivel que algunas se han convertido en operadores turísticos al interior de la favela. Los narcos patrocinan una industria turística en que te llevan en un auto, te dan almuerzo, tu vives “la experiencia de la marginalidad”…

RM: Un paquete completo…

NG: Claro, caipirinha incluída. En Brasil las zonas populares están controladas por el narco, organizando el tráfico de drogas, los servicios e incluso regulando las conductas de quienes viven allí –a veces hasta expulsan a quien roba en el barrio-. Son casi un gobierno dentro del gobierno. En Venezuela, sin embargo, la cosa era distinta, según su diagnóstico. Para él, el gran problema es que en cada cuadra existe un capo, el de la calle de abajo se apoya con el de arriba, pero ese tiene conflictos con el de la calle de al medio. Entonces está lleno de zonas de pelea. Son bandas completamente desorganizadas, no existen demasiadas jerarquías. No es como en Brasil o en México.

En Venezuela existe una violencia desarticulada, que es peligrosa porque el Estado no tiene con quien pactar. ¿A quién llega con un acuerdo social? Tu no tienes con quien negociar; en cada cuadra hay una banda, que está peleada con la de al lado, y así. Se matan entre ellos y, por si fuera poco han sofisticado los rituales de la muerte. Este nivel de sadismo del que hablábamos antes, que de cierto modo viene de la tradición del narco colombiano, ha introducido nuevas prácticas relacionadas a la muerte en el país. Bandas que asesinan con sierras eléctricas, con eso te digo todo. Al delator le cortan un brazo primero, luego los huevos, luego lo mutilan en pedacitos. Son rituales ya instalados.
Existe lo que se ha denominado las cortes, está la Malandra, la Vikinga, la de María Lionza, la corte indígena… son todas tácticas religiosas de brujería. La corte Malandra, por ejemplo, está teniendo mucha fuerza y presencia hoy, donde está la figura de Ismael. Su requisito de entrada es ser un malandro tipo Robin Hood, que ha robado y repartido en su barrio. A Ismael, uno de los santos malandros se le prenden velas, se cree que hace milagros. El ritualismo se extiende también respecto a sus rivales: cuando matan al enemigo incluso van a su entierro y le destrozan el ataud a balazos. A mi me parece gravísimo, son prácticas que están arraigándose fuertemente en sectores de la población.

o viví en un barrio popular de Caracas por diez años, cuando era militante de la izquierda. Ese barrio en el que viví en la década de los setenta no tiene nada que ver con el barrio de ahora. Sigo visitando familiares y amigos, pero las últimas veces me han controlado mi circulación por el lugar. Antes yo circulaba tranquilo por todas parte, pero hace unos años un compadre mío, que es bien malandro también, me escoltó con un par de tipos armados con metralletas y fusiles a la casa de otro amigo, sólo a algunas cuadras de allí. En ese trayecto debo haber visto niños de diez o doce años armados, ¿Sabes lo que es eso? ¿Qué expectativas de vida hay allí?
Qué pasa con las personas que no están ni aquí ni allá? Son quienes reciben las balas perdidas. El número de estas víctimas es inmenso. En la ONG recogemos todos los lunes del techo –que por lo demás lo ocupamos para proyecciones de cine y teatro experimental- unas cinco o seis balas. Tenemos un tarro con las balas recogidas. Imagínate, estás viendo una obra, te llega un balazo y se acabó todo. Es terrible cómo se ha vuelto cotidiano, cómo la violencia ha dejado de ser noticia. Al mismo tiempo en Venezuela ha aumentado enormemente la cantidad de episodios de autojusticia: linchamientos, ahorcamientos, los queman… ¡Coño! Resulta que se equivocaron, que no era él, sino que era el hermano. Es un salvajismo horroroso. Sin instituciones que anden, todo lo que viene es peor en cuanto a deshumanización. Y no veo que ningún partido político hoy esté siendo capaz de afrontar el problema. Es preocupante. Algo de eso trato de expresar en mi obra La Virgen del linchamiento (2001).

RM: Esto desemboca en lo que hablabas antes de la clausura de los espacios privados y el abandono de lo público. ¿Cómo ves hoy el uso del espacio público en la vida cotidiana de los caraqueños? ¿Cómo crees que ha cambiado? ¿Cómo lo proyectas?

NG: Primero te voy a hablar de lo que hemos logrado armar con la ONG y después sigo al resto de la ciudad. Nosotros hemos podido proporcionar un espacio alternativo a la ciudad, donde puedes ser libertario, anarquista, puedes ejercer tu libertad sexual. Nos planteamos como un espacio contra el pensamiento único, lo que ha implicado una afluencia de público en aumento, no sólo por lo que hacemos, sino por lo que el Estado hace cotidianamente a través de sus distintos órganos. De cierto modo cumplimos una función que lo público no está cumpliendo. La autogestión viene a ser un sustituto. Sin embargo, ocurre que varios ya abandonaron el centro de la ciudad, que simplemente no circulan por allá.
RM: Te refieres a quienes viven en Altamira o en otros barrios de clase alta, ¿no?

NG: Si, pero no sólo de clase alta, también de clases medias que también se han incorporado a cierta tendencia de satanización de las clases populares. Esa idea que todos los de los barrios son malandros es una estupidez muy difundida. “Son pura mierda chavista” se atreven a decir algunos. Es terrible funcionar en esos códigos, imagínate. Como muchas veces en la historia de nuestros países es una minoría que tiene jodida a la mayoría. Siento que hoy día más que nunca se han afianzado dos Caracas: una que sataniza a la otra, y esa otra que se siente el sostén del chavismo. Sin embargo, ambas establecen sus discursos sobre la base de un error: siempre están hablando de un tiempoanterior al chavismo, como si esa época hubiera sido un paraíso. El chavismo, en gran medida es producto de los malos gobierno de derecha. Es producto de la historia venezolana. La gente olvida el Caracazo, lo olvida como el hecho radical que fue. Eso fue ya hace más de quince años…

RM: Hace veinticuatro años ya.

NG: Mira. Ese fue un terremoto que expresó un “estamos hartos” de la sociedad venezolana, o por lo menos del pueblo venezolano. Ahí es donde debió nacer un gobierno de concertación nacional, que dejara por un rato el partidismo, convocar un gobierno de emergencia, una solución provisional a la crisis. Pero lo que pasó después fue sólo democracia de urnas y luego el populismo. Estamos en un gobierno populista que sólo ha hecho reformas en el discurso.
Lamentablemente siento que Venezuela se ha convertido en un país de mendigos, o más bien se ha fomentado la mendicidad: “el Estado me va a dar un departamento gratis”, “el Estado va a cubrir todas nuestras necesidades”; así no se resuelve, el país necesita que se tomen medidas económicas drásticas, que por supuesto son anti-populares. El problema es que hay que resolver los niveles de corrupción, y eso si que es una vaina. En otros países puedes verificar lo que se han robado cada cinco o seis años, pero acá ya son catorce años. El nivel de robo y corrupción es importante, el narcotráfico ha penetrado en las filas militares, esto es serio. Y los problemas de cohesión social se acentuan; el proceso político tiene fracturas en su interior también. El chavismo tiene protestas en su interior también. Piensa en los que hablábamos al comienzo del deslave en el Estado de Vargas, todavía hay personas que viviendo en los campamentos de damnificados. La transformación política va a venir por una explosión interior, no por la oposición. El PSUV, a quien critico en Pensamiento Único, es un partido clientelista pero que evidencia desgaste. Ya en el plebiscito que pierde Chávez –donde supuestamente el PSUV tenía diez millones de votos- quedó demostrado que de cada cinco militantes, tres votaron contra la propuesta.  Que quiero decir con esto: los que hoy apoyan al chavismo, ayer apoyaban a Carlos Andrés Pérez y son los que, cuando pierda el chavismo van a decir “yo no soy chavista” o “nunca lo fui”. No existe una militancia consolidada, como ocurre con el sandinismo en Nicaragua, por ejemplo. Esto es una espiral de violencia, sin duda.
GCQ: Entiendo que tu trabajo se instala en una lógica repulsiva, de destripar a la sociedad y sus expresiones de violencia. Ese destripamiento ¿Busca sólo iluminar o, más bien, también pretende intervenir en la sociedad venezolana? Claramente estás trabajando de cara a una hipótesis de la hiper-violencia en Venezuela.

NG: En Caracas vamos todos hacia el matadero, no puedo ser optimista. Yo ahora estoy trabajando en nuevas obras que están relacionadas con otros rituales. Yo ya estoy sencillamente desanimado –se habrán dado cuenta en esta conversación- porque siento que vamos cuesta abajo. Cuando explote va a ser tremendo. Sin embargo, otra hipótesis es que los niveles de violencia de repente entren en un estancamiento. Cuando fue el paro petrolero se hablaba de una guerra civil, pero ésta nunca llegó. Los venezolanos –y los latinoamericanos en general- sólo se enfrentan cuando están seguros que la tienen ganada. Cuando la gente en Caracas bajó de los cerros a reestablecer a Chávez no la llenaron de plomo. Con Pérez Jiménez fue lo mismo, él decidió irse, si se quedaba disparando era otra historia. De cierta forma, quizá cuando ya estemos en el abismo nos demos la mano para salvarnos, no lo sé.
A mi más que la violencia política me preocupa la violencia cotidiana, la de los robos, la de los secuestros express. No me preocupa tanto el estallido político como el acostumbramiento a los doscientos muertos todos los fines de semana. Eso puede llegar a cuatrocientos o a quinientos, quien sabe. La proyección va creciendo. Es una putada, una total injusticia al frente de todos, pero nadie quiere intervenirla de verdad.

Este amigo del que te hablaba me llamó el 11 de Abril en la madrugada desde un hospital público de la ciudad, diciéndome “mira, me acaban de pegar un balazo en la columna, quiero que te vengas ya, va a haber problemas” Cuando llego vi muchos muertos, mucha gente grave también. Esa escena me hizo entrar en una desesperación vital. Eran venezolanos muertos, no me importa si chavistas u opositores, ahí hubo un acto premeditado de asesinato de dieciocho ciudadanos. ¿Cuál es el peor drama, además del familiar por supuesto? Todavía a estas alturas no sabemos quienes fueron los francotiradores. El gobierno dice “fueron los imperialistas”, los otros dicen “esta es la mano chavista”. Lo único que sabemos es que fueron profesionales. ¿Fue la CIA, fue el gobierno, fue la oposición? No tenemos idea. Lo único que sabemos es que al día siguiente el gobierno fue a borrar todas las evidencias a las escenas del crimen. Tampoco tenemos idea, a ciencia cierta, te digo con una nómina oficial, quienes fueron muertos.
Lo que ocurre dentro de las cárceles venezolanas es otra cosa dantesca. Hay bandas brutales dentro de las cárceles que replican las relaciones que tienen en el exterior. Hay purgas, razzias, homicidios. Pero los niveles de sadismo superan límites imaginables. Hace poco se supo que a un tipo lo mataron, le cortaron la cabeza y la banda rival jugó al fútbol con ella. Eso te evidencia, de la forma más bárbara posible, los niveles de impunidad existentes. Dirigen secuestros desde la cárcel, coordinan operaciones, manejan el narcotráfico.
Yo vi una foto en la portada de un periódico hace unos quince años -que la llevo buscando bastante tiempo- de unos treinta presos que fueron quemados por los militares. La fotografía que salió en primera plana del periódico es de los tipos quemados, agarrándose así, en una vaina dantesca. Lo que es gran pedo entre nosotros en América Latina es esa gran capacidad de nuestra memoria para olvidar, o por lo menos para omitir el horror. Cuando hay una matanza todo el mundo se espanta, pero a los tres días es como que no hubiera pasado nada. Hay una brutal capacidad de pasar por el lado de los hechos históricos, incluso de borrarlos. Esa acumulación de olvidos es grave, quedamos sin referencias.