domingo, 29 de diciembre de 2013



Retratos que me hizo mi gran amigo Alberto García-Alix en Sao Paulo este año.

lunes, 28 de octubre de 2013

NELSON GARRIDO: VIOLENCIA Y VIDA COTIDIANA. RODRIGO MILLAN Y GONZALO CÁCERES Q.

Rodrigo Millán (RM): Nelson, tu trabajo ha pivoteado hace un buen tiempo sobre la violencia cotidiana en las grandes ciudades y sus efectos sobre las sociedades. Sin embargo, me gustaría preguntarte antes por la violencia episódica, relacionada a dos sucesos puntuales de la historia contemporánea de Caracas: los deslaves del Estado de Vargas (1999) y el Caracazo (1989). En ambos casos el saqueo se vuelve masivo, así como también la inoperancia del Estado para actuar. Te lo menciono porque en Chile, tras el terremoto de 2010, los saqueos fueron amplios en el área metropolitana de una de las ciudades más importantes del país, Concepción, y sus efectos todavía no dimensionados. Dicho esto, ¿Cómo analizas los efectos de ambos episodios sobre la vida cotidiana actual de los caraqueños?

Nelson Garrido (NG): Si claro, supe de los saqueos en Chile después del terremoto. Es algo muy parecido a lo que sucedió hace algunos años en Venezuela, en la zona de La Guaira, al otro lado del Ávila, bien cerquita del aeropuerto de Caracas. Los saqueos son una de las claves para entender toda esa crisis. Las grandes lluvias de diciembre de ese año produjeron un enorme deslave (aluvión) que se llevó por delante viviendas, barrios completos, el puerto, carreteras, todo.
Hubo miles de muertos, toda una mitología en torno a este episodio –afectada por las batallas estadísticas de cifrar las víctimas-, pero por supuesto que con miles de silencios relacionados con cuestiones que prefieren no recordar. La gente no cuenta lo que allí hizo, ni cómo actuaron sus familiares.

Gonzalo Cáceres Quiero (GCQ): Los mantos de silencio…

NG: Si, seguro. Es una situación límite, hubo bloqueos, enfrentamientos armados. Apenas hubo saqueos, hubo también violaciones, una vaina espantosa. A cuenta de eso todos los sobrevivientes empezaron a saquear, tanto los que no tenían comida –que fueron muchos quienes perdieron todo-, como quienes no habían tenido casi ningún problema. Fue un saqueo descontrolado, verdaderamente impresionante. Es cosa de ver los archivos de prensa sobre lo que sucedió en La Guaira.

RM: El Caracazo había sido unos años atrás, Caracas arde y parece ser la culminación o el arranque de algo mayor que se instala en la sociedad venezolana. ¿Lo ves dentro de un ciclo de violencia más amplio?

NG: Bueno, si, claro que hace parte de un ciclo de violencia que es extrapolable a toda América Latina. Es la acumulación de una frustración colectiva impresionante el que apenas sucedan estos hechos, sean naturales o sociales, hacen arder el polvorín. Son una bomba puesta en nuestras ciudades, que cuando explotan lo destruyen todo. No son justificaciones, claro, pero si tienen una razón de ser. Lo del Caracazo, que creo tiene mucho que ver con lo que pasó una década después en los deslaves de Vargas, es una expresión de profunda frustración no expresada.
Ni los partidos políticos ni las instituciones estaban, en ese momento, representando a las grandes mayorías. Ahora tampoco. Y esto no es un fenómeno Latinoamericano, sino de todo el mundo, o por lo menos de Occidente. No nos sentimos representados ni por los políticos que nos mandan. Vamos soportando y acumulando, soportando y acumulando, vamos juntando más y más. Entonces, cuando vienen esos chispazos sociales se desatan crisis gigantes, incontrolables, completamente desatadas.
Lo más insólito del Caracazo, que anuncia la caída del presidente Carlos Andrés Pérez, es que ocurre apenas él había asumido su cargo, tras ser elegido con una de las más altas votaciones. Los mismos que lo eligieron, apenas un par de meses después pedían su dimisión por el manejo de la crisis. La violencia de los militares, los abusos de poder, todo le explotaba en la cara. Es parte de cómo nos hemos ido acostumbrando a que la gran excusa de la democracia sean las elecciones. Con el chavismo pasa lo mismo: manipulación de escenarios electorales, presiones sociales para que votes por uno u otro partido, alteración de las expectativas y de los climas políticos por uno y otro lado.
Si tu votaste por Carlos Andrés Pérez, ¿Cómo de inmediato vas a pedir su cabeza por elpaquetazo?

RM: ¿Con el Paquetazo te refieres a las políticas de ajuste económico neoliberales, no?

NG: Si, claro. Algo parecido a lo que le está ocurriendo a Maduro hoy día: tendrá que promover políticas de ajuste –ahí está su dilema ideológico- que siempre son impopulares.
Mi posición es anti-chavista: yo no voté por Enrique Capriles y su proyecto, sino que voté contra Chávez. Es parte de las opciones electorales que se nos ofrecen en América Latina. Creo que nunca he votado convencido por alguien, siempre he votado en contra de. Ningún candidato ha logrado entusiasmarme genuinamente. Eso es parte de lo que va construyendo una enorme frustración en uno mismo y en la población. Es esa misma frustración la que en parte explica el estallido del Caracazo.

RM: ¿En qué sentido?

NG: Esa violencia estaba acumulada desde hacía años, lo que fue constituyendo una avalancha de nieve capaz de remover barreras hasta llegar al sentido más primitivo. Rápidamente se tradujo en ansias de consumo: los televisores, los betamax, la lavadora, no me digas que esos son bienes imprescindibles en un estado de emergencia.
Fue la frustración de la marginalidad urbana de una sociedad muy particular. Muchos recién llegados desde el campo en la década de los cincuenta siempre estuvieron pensando en pasar sólo algunas temporadas en la ciudad para luego regresar a sus lugares de origen. La mayoría de ellos seguía con sus valores, expectativas y prácticas rurales. Sin embargo, casi nunca tuvieron el éxito esperado, lo que los hizo seguir persistiendo en sus anhelos por ser parte de la bonanza petrolera, de la sociedad de consumo. ¿Qué pasó entonces?
Al momento del Caracazo, aquellos pertenecientes a la tercera o cuarta generación vivían en una dualidad: un esquema cultural ya no anclado en el campo, sino completamente urbano, pero tampoco lo suficientemente integrado a la ciudad. Su condición de vida es la exclusión y la marginalidad, medio siempre fuera de lugar, desarraigados. No tienen un recuerdo ni de la religión ni de las costumbres cotidianas del campo, ni anhelan volver a ese lugar. Viven en la ciudad, pero tampoco se sienten como parte de un colectivo más amplio. Imagínate lo que eso puede significar para cientos de miles que miran cómo el resto disfruta del éxito de una economía, la venezolana de los ochenta, a la que le entran dólares y más dólares.
Hoy día la situación en Caracas sigue siendo parecida; en el país hay doscientos muertos cada fin de semana. ¿Qué es eso? Son más muertos que en cualquier guerra, que en la de Irak, que en Afganistán, que en cualquier parte del mundo. Se ha naturalizado la violencia cotidiana. Y acá no hablo ni de chavistas, ni de anti-chavistas, hablo de doscientos venezolanos. Se está matando personas en todas las clases sociales, aunque evidentemente que las zonas populares esto es aun más radical. Es una vaina que el Estado hoy no tiene cómo arreglarla, no tiene capacidad hoy ni de gestión ni de freno a la corrupción.
Cuando es el Caracazo ya estaban esos síntomas presentes en la sociedad caraqueña. Una de mis obras, Caracas Sangrante (1993), es una muestra de eso. Para mí la obra funciona como la iconografía de una época, allí está su valor. Lo que quise expresar allí era una angustia como ciudadano, algo que todos sentíamos y en parte seguimos sintiendo allá en Caracas. Sea con la derecha, sea con el chavismo, es una sensación en ascenso.Caracas Sangrante se realiza antes del chavismo, esos síntomas estaban ahí.

Todo esto te lo menciono porque estoy harto que las Naciones Unidas lleguen a los noticieros después de una matanza diciendo “Estamos en contra de la violencia en Ruanda, estamos en contra del genocidio”. Hasta cuándo van a pasar por el lado de los síntomas. A veces pareciera que no existieran mecanismos sociales para evitar los hechos antes que sucedan. En Caracas Sangrante está todo explícito…

RM: Si claro, los ríos de sangre que corren por el edificio modernista, los mismos construidos en el ciclo de riqueza petrolera.

NG: Ese edificio es el símbolo de la modernidad caraqueña, del proyecto del país: los grandes edificios, “somos igual que en Nueva York”. Nueva York un coño. En esos edificios grandes no funcionan ni los ascensores ni el aire acondicionado… Subvierto una imagen publicitaria –una fotografía tomada desde un helicóptero-, editándola al agregar los ríos de sangre. Fue increíble, porque la obra se hizo en treinta minutos.

RM: ¿En qué contexto armaste ese proyecto?

NG: Me invitaron a participar de una muestra colectiva que se llamaba Caracas Utópica. Eramos varios artistas participando, y entre las propuestas aparecía Caracas con playas, Caracas con palmeras, Caracas con un guacamayo, etc. Yo decía: ¿qué les pasa a éstos? ¿qué Caracas están reclamando con su obra? Yo no podía sacarme de la cabeza la idea que nos estábamos desangrando.
Uno de los síntomas que veía –y que se ha agudizado- era la proliferación de las rejas en las casas. Cada vez más se ha ido sofisticando con cercas eléctricas, rejas más altas, más complejas, etc. De a poco la gente fue encerrándose y abandonando el espacio público, dejando un campo libre para la emergencia de la violencia y su radicalización. Creo que el problema, sea en las clases medias, altas o en la marginalidad caraqueña, es que las soluciones se buscan por vías individuales, generalmente no buscas alternativas colectivas. Es un círculo vicioso: me encierro por la violencia que hay allá afuera, cedo el espacio a la proliferación de la violencia, menos me atrevo a volver a salir. Si la gente estuviera en la calle estoy seguro que los niveles de la violencia no serían tan altos. Eso por un lado.
¿Qué diferencia existe hoy a los tiempos del Caracazo? Yo sólo veo continuidades. Para mi el Caracazo fue una vaina espontánea. Perdón, más que espontánea, emergente. Fue una iniciativa del pueblo, no estoy seguro si coordinada, aunque si tengo mis sospechas. Creo que hubo factores internacionales que lo movieron… están los famosos motorizados de negro que estuvieron en Caracas durante todas esas horas incitando a la gente a que bajara de los cerros. Los medios de comunicación también incitaron a ello de cierta forma… yo no salí a saquear, estuve a punto de hacerlo, por poquito no salí. En plenoCaracazo la televisión decía “ven, la gente está cansada, ¡hasta cuándo!”, mientras la cámara enfocaba a unos tipos sacando televisores… Los medios te invitaban a participar del saqueo. Existe una recepción del público de ese mensaje, de cierto modo una validación pública a esa conducta. También había intereses económicos de por medio con el Paquetazo, eran varios los que querían que se aplicaran esas reformas. El problema es que a todos se les fue de las manos la situación, nadie se imaginó la crisis que iba a desarrollarse.
Por otra parte somos un país que no tiene experiencia en guerras, no tuvimos una guerra civil y menos participamos de una mundial. Tampoco vivimos el ciclo salvaje de las dictaduras militares del cono sur. Me acuerdo que los días después del Caracazo hubo toque de queda; imagínate eso en Venezuela, donde sólo lo habíamos visto en las películas norteamericanas y por lo que nos contaban los exilados de otros países latinoamericanos. Nadie esperaba que la guardia nacional disparara de verdad y pasó. Te digo que existe un archivo de la televisión que fue prohibido, con escenas tremendas. He hablado con gente que tuvo acceso a este material y me cuentan de cómo agarraron a un muchacho de cinco o siete años y lo ocuparon para lanzarlo contra una vidriera. Hablo de esos niveles violencia, hablo de umbrales superados. Todo eso está mostrándote una sociedad enferma, enferma de consumo por supuesto. La frustración no es por comida o por frío, sino porque no tengo esas zapatillas. El número de muertos que hay ahorita en Caracas es como que todos los fines de semana tuvieramos un nuevo Caracazo.
GCQ: De cierta forma tu trabajo no funcionaría con la lógica del anestesista, sino más bien con la del cirujano. ¿De qué manera fue recepcionado tu visión sangrante de la ciudad?

NG: Es extraño. En esos años, cuando hice Caracas Sangrante, decían que yo era un profeta, que era un maldito, un profeta del desastre. Me decían que era una exageración, una ficción brutal. La historia luego demostró que lo mío no era cuento, lo mío era Disney al lado de lo que después vivimos. Los síntomas estaban ahí mismo.
Siento que la función del arte está en detectar síntomas. Por sí mismo no puede resolver los problemas, tampoco es su tarea. El arte está hecho para crear problemas, para meter el dedo en la yaga diciendo “hermano, está pasando esto”. Tampoco creo que mi obra vaya a cambiar la vaina. Cuando me dicen “¿Qué quiere comunicar su obra?”, bueno, yo no soy fax, ni soy un correo para andar transmitiendo nada. Yo soy un ciudadano a pie, que anda con una profunda angustia por lo que ve a diario. Creo que mi obra es una válvula de escape; toda mi angustia se valida en la medida en que tu te incomodas, en que te hace sentido respecto a todo lo que está sucediendo en nuestra sociedad. La violencia en Venezuela tiene su historia propia, y al parecer sigue en su fase ascendente. Siento que esto va hacia algo peor, es un polvorín a punto de prenderse. Es algo que va más allá de los partidos políticos, más allá de las elecciones.
El aumento del precio del dólar va a generar una crisis grave en Venezuela, te lo digo, pues el gobierno de Maduro se enfrenta a tener que decidir si tomar o no medidas antipopulares. El nivel de escasez que hay ahora en Caracas llega a ser absurdo para un país petrolero como el nuestro. No hay azucar ni leche, cómo puede ser posible con la riqueza que tenemos no poder estar en condiciones de garantizar el abastecimiento. Por supuesto que hay intereses malignos moviendo los mercados, no soy ingenuo.
En 1999 hice la obra La nave de los locos, tres años antes de los sucesos del 11 de Abril del 2002[1] cuando ocurrió esa matanza tremenda, en que la marcha de la oposición es recibida por un grupo de francotiradores dispuestos a matar. Al mismo tiempo los chavistas afirman que fueron atacados por la oposición. Como sea, también es expresivo de la violencia del ambiente. Un muchacho fue asistente mío para la producción de esa serie; a él le pedí que posara desangrándose frente a una manifestación, era parte de la escenificación para la fotografía que estaba tomando. El aceptó hacerlo, y en la imagen aparece sangrando en salsa de tomate. Tres años después ese chico quedó cuadrapléjico por un balazo. No quiero decir que yo sea pitoniso ni nada, sólo mostrar los alcances de la violencia.
En los catorce años que lleva el chavismo se ha fomentado la violencia. El gobierno no ha estado firme contra ella, incluso ha permitido que la circulación de armas aumente. Se sabe que en Venezuela hay personas que alquilan armas. Tu haces un secuestro, yo te arriendo una AK-47. Hablo de armas de guerra. En estos momentos, sin duda, el hampa está mejor armado que la policía.  Te guste o no, el monopolio de la violencia lo tiene que tener el Estado, creo que no hay otra opción. Pero si los malandros está mejor armados, eso si que es gravísimo. Se sabe también cómo en algunas áreas del delito la policía opera o está coludida con los criminales, como ocurre con los secuestros. Yo no se si en Caracas prefiero que me asalte un delincuente o un policía. Puede llegar a ser peor que sea un agente.
En otras fotografías de la misma serie aparecen en el fondo algunas de esas figuras que se dibujan en el piso demarcando al cadaver. Ellas tienen marcados la cabeza y el corazón, como otro síntoma de lo que luego ocurrió: los muertos del 11 de Abril fueron acribillados por francotiradores profesionales, todos tenían balazos en la cabeza y el pecho. Expresivo, ¿no?
Tú sales ahorita en Caracas a las ocho de la noche e imagínate te pasa algo. ¿Qué dice el ministro del interior? “Bueno, el problema de la violencia es que… ¿Por qué la gente sale de noche? ¿Quién los manda?… Si tú saliste de noche es porque algo malo estabas haciendo”. Es como decir “bueno la violaron, pero ella andaba con minifalda” Imagínate, si estás en la calle, algo malo estás haciendo. No hay derecho, es una irresponsabilidad total.
La violencia no tiene captura, es un gran negocio. Es lo que hace posible al narcotráfico, que está metido en todo el país. Entre otras razones vine a inaugurar en Metales Pesados la exhibición “Nadie se atreve a llorar… dejen que ría el silencio…” de Juan Toro. Como parte de su trabajo de registro de las pérdidas individuales y colectivas que conlleva la violencia, ha estado recopilando las tarjetas de identificación que le ponen a los muertos, esas que tienen un número, el mes y el año. Ya ha recolectado setecientas -algunas de ellas ensangrentadas- en las que tu ves que dicen “405, lunes 3 de Abril 2011”, una brutalidad.

GCQ: Estás hablando sólo de homicidios.

NG: Si claro, no muertos por enfermedades. Algo de ese ambiente también está en mi obra “Virgen de Caracas”, que es una reinterpretación de la ciudad y sus íconos. Hay una imagen gráficamente dramática donde coloco a una señora junto a un cadaver y ella portando una cédula en su mano. Esa búsqueda de las madres intentando encontrar a sus hijos, “usted lo ha visto a él” se pasean por las morgues.
En las estadísticas de asesinados cada fin de semana, tres cuartas partes son muertos por armas de fuego, mientras el cuarto restante lo es por acuchilladas. Lo increible –y sádico- es que de los baleados, más del 80% recibió siete o más balazos. Explícame eso socialmente. Pegar esa cantidad es ensañamiento, es sadismo. A veces no devuelven los cadáveres. A mi me preocupan esos siete balazos, ese es un síntoma social. Es tremendo.

RM: No se si analíticamente sea lo más correcto de hacer, pero pueden tener puntos en común los ranchos de Caracas, Maracaibo o Maracay con las favelas de Rio de Janeiro. Te lo menciono porque en estas últimas el narcotráfico, por largo tiempo, controló no sólo la droga, sino también la entrada de los servicios públicos. Es decir, regulaba los servicios del gas, la televisión por cable, la electricidad, etc. Allí, parte de la acción del Estado para desarticularlo es combatir la violencia, pero también hacerse presente en esos territorios y entregar esos servicios. ¿Cómo es allá en Venezuela? ¿Sucede algo similar? ¿Está esa otra dimensión de control territorial?

NG: Si, si, entiendo perfectamente tu pregunta. Pero la verdad es que no, eso no ocurre en Venezuela. Tengo un amigo fotógrafo brasileño que trabajaba en las cárceles de su país; hace un tiempo vino a dar una charla a la ONG y una chica le preguntó algo similar: ¿Qué diferencias ves tú entre las favelas conflictivas de Brasil y los barrios más peligrosos de las ciudades venezolanas? Entonces el tipo dio una respuesta esclarecedora. En Brasil existe una gran violencia, pero las bandas están organizadas, a tal nivel que algunas se han convertido en operadores turísticos al interior de la favela. Los narcos patrocinan una industria turística en que te llevan en un auto, te dan almuerzo, tu vives “la experiencia de la marginalidad”…

RM: Un paquete completo…

NG: Claro, caipirinha incluída. En Brasil las zonas populares están controladas por el narco, organizando el tráfico de drogas, los servicios e incluso regulando las conductas de quienes viven allí –a veces hasta expulsan a quien roba en el barrio-. Son casi un gobierno dentro del gobierno. En Venezuela, sin embargo, la cosa era distinta, según su diagnóstico. Para él, el gran problema es que en cada cuadra existe un capo, el de la calle de abajo se apoya con el de arriba, pero ese tiene conflictos con el de la calle de al medio. Entonces está lleno de zonas de pelea. Son bandas completamente desorganizadas, no existen demasiadas jerarquías. No es como en Brasil o en México.

En Venezuela existe una violencia desarticulada, que es peligrosa porque el Estado no tiene con quien pactar. ¿A quién llega con un acuerdo social? Tu no tienes con quien negociar; en cada cuadra hay una banda, que está peleada con la de al lado, y así. Se matan entre ellos y, por si fuera poco han sofisticado los rituales de la muerte. Este nivel de sadismo del que hablábamos antes, que de cierto modo viene de la tradición del narco colombiano, ha introducido nuevas prácticas relacionadas a la muerte en el país. Bandas que asesinan con sierras eléctricas, con eso te digo todo. Al delator le cortan un brazo primero, luego los huevos, luego lo mutilan en pedacitos. Son rituales ya instalados.
Existe lo que se ha denominado las cortes, está la Malandra, la Vikinga, la de María Lionza, la corte indígena… son todas tácticas religiosas de brujería. La corte Malandra, por ejemplo, está teniendo mucha fuerza y presencia hoy, donde está la figura de Ismael. Su requisito de entrada es ser un malandro tipo Robin Hood, que ha robado y repartido en su barrio. A Ismael, uno de los santos malandros se le prenden velas, se cree que hace milagros. El ritualismo se extiende también respecto a sus rivales: cuando matan al enemigo incluso van a su entierro y le destrozan el ataud a balazos. A mi me parece gravísimo, son prácticas que están arraigándose fuertemente en sectores de la población.

o viví en un barrio popular de Caracas por diez años, cuando era militante de la izquierda. Ese barrio en el que viví en la década de los setenta no tiene nada que ver con el barrio de ahora. Sigo visitando familiares y amigos, pero las últimas veces me han controlado mi circulación por el lugar. Antes yo circulaba tranquilo por todas parte, pero hace unos años un compadre mío, que es bien malandro también, me escoltó con un par de tipos armados con metralletas y fusiles a la casa de otro amigo, sólo a algunas cuadras de allí. En ese trayecto debo haber visto niños de diez o doce años armados, ¿Sabes lo que es eso? ¿Qué expectativas de vida hay allí?
Qué pasa con las personas que no están ni aquí ni allá? Son quienes reciben las balas perdidas. El número de estas víctimas es inmenso. En la ONG recogemos todos los lunes del techo –que por lo demás lo ocupamos para proyecciones de cine y teatro experimental- unas cinco o seis balas. Tenemos un tarro con las balas recogidas. Imagínate, estás viendo una obra, te llega un balazo y se acabó todo. Es terrible cómo se ha vuelto cotidiano, cómo la violencia ha dejado de ser noticia. Al mismo tiempo en Venezuela ha aumentado enormemente la cantidad de episodios de autojusticia: linchamientos, ahorcamientos, los queman… ¡Coño! Resulta que se equivocaron, que no era él, sino que era el hermano. Es un salvajismo horroroso. Sin instituciones que anden, todo lo que viene es peor en cuanto a deshumanización. Y no veo que ningún partido político hoy esté siendo capaz de afrontar el problema. Es preocupante. Algo de eso trato de expresar en mi obra La Virgen del linchamiento (2001).

RM: Esto desemboca en lo que hablabas antes de la clausura de los espacios privados y el abandono de lo público. ¿Cómo ves hoy el uso del espacio público en la vida cotidiana de los caraqueños? ¿Cómo crees que ha cambiado? ¿Cómo lo proyectas?

NG: Primero te voy a hablar de lo que hemos logrado armar con la ONG y después sigo al resto de la ciudad. Nosotros hemos podido proporcionar un espacio alternativo a la ciudad, donde puedes ser libertario, anarquista, puedes ejercer tu libertad sexual. Nos planteamos como un espacio contra el pensamiento único, lo que ha implicado una afluencia de público en aumento, no sólo por lo que hacemos, sino por lo que el Estado hace cotidianamente a través de sus distintos órganos. De cierto modo cumplimos una función que lo público no está cumpliendo. La autogestión viene a ser un sustituto. Sin embargo, ocurre que varios ya abandonaron el centro de la ciudad, que simplemente no circulan por allá.
RM: Te refieres a quienes viven en Altamira o en otros barrios de clase alta, ¿no?

NG: Si, pero no sólo de clase alta, también de clases medias que también se han incorporado a cierta tendencia de satanización de las clases populares. Esa idea que todos los de los barrios son malandros es una estupidez muy difundida. “Son pura mierda chavista” se atreven a decir algunos. Es terrible funcionar en esos códigos, imagínate. Como muchas veces en la historia de nuestros países es una minoría que tiene jodida a la mayoría. Siento que hoy día más que nunca se han afianzado dos Caracas: una que sataniza a la otra, y esa otra que se siente el sostén del chavismo. Sin embargo, ambas establecen sus discursos sobre la base de un error: siempre están hablando de un tiempoanterior al chavismo, como si esa época hubiera sido un paraíso. El chavismo, en gran medida es producto de los malos gobierno de derecha. Es producto de la historia venezolana. La gente olvida el Caracazo, lo olvida como el hecho radical que fue. Eso fue ya hace más de quince años…

RM: Hace veinticuatro años ya.

NG: Mira. Ese fue un terremoto que expresó un “estamos hartos” de la sociedad venezolana, o por lo menos del pueblo venezolano. Ahí es donde debió nacer un gobierno de concertación nacional, que dejara por un rato el partidismo, convocar un gobierno de emergencia, una solución provisional a la crisis. Pero lo que pasó después fue sólo democracia de urnas y luego el populismo. Estamos en un gobierno populista que sólo ha hecho reformas en el discurso.
Lamentablemente siento que Venezuela se ha convertido en un país de mendigos, o más bien se ha fomentado la mendicidad: “el Estado me va a dar un departamento gratis”, “el Estado va a cubrir todas nuestras necesidades”; así no se resuelve, el país necesita que se tomen medidas económicas drásticas, que por supuesto son anti-populares. El problema es que hay que resolver los niveles de corrupción, y eso si que es una vaina. En otros países puedes verificar lo que se han robado cada cinco o seis años, pero acá ya son catorce años. El nivel de robo y corrupción es importante, el narcotráfico ha penetrado en las filas militares, esto es serio. Y los problemas de cohesión social se acentuan; el proceso político tiene fracturas en su interior también. El chavismo tiene protestas en su interior también. Piensa en los que hablábamos al comienzo del deslave en el Estado de Vargas, todavía hay personas que viviendo en los campamentos de damnificados. La transformación política va a venir por una explosión interior, no por la oposición. El PSUV, a quien critico en Pensamiento Único, es un partido clientelista pero que evidencia desgaste. Ya en el plebiscito que pierde Chávez –donde supuestamente el PSUV tenía diez millones de votos- quedó demostrado que de cada cinco militantes, tres votaron contra la propuesta.  Que quiero decir con esto: los que hoy apoyan al chavismo, ayer apoyaban a Carlos Andrés Pérez y son los que, cuando pierda el chavismo van a decir “yo no soy chavista” o “nunca lo fui”. No existe una militancia consolidada, como ocurre con el sandinismo en Nicaragua, por ejemplo. Esto es una espiral de violencia, sin duda.
GCQ: Entiendo que tu trabajo se instala en una lógica repulsiva, de destripar a la sociedad y sus expresiones de violencia. Ese destripamiento ¿Busca sólo iluminar o, más bien, también pretende intervenir en la sociedad venezolana? Claramente estás trabajando de cara a una hipótesis de la hiper-violencia en Venezuela.

NG: En Caracas vamos todos hacia el matadero, no puedo ser optimista. Yo ahora estoy trabajando en nuevas obras que están relacionadas con otros rituales. Yo ya estoy sencillamente desanimado –se habrán dado cuenta en esta conversación- porque siento que vamos cuesta abajo. Cuando explote va a ser tremendo. Sin embargo, otra hipótesis es que los niveles de violencia de repente entren en un estancamiento. Cuando fue el paro petrolero se hablaba de una guerra civil, pero ésta nunca llegó. Los venezolanos –y los latinoamericanos en general- sólo se enfrentan cuando están seguros que la tienen ganada. Cuando la gente en Caracas bajó de los cerros a reestablecer a Chávez no la llenaron de plomo. Con Pérez Jiménez fue lo mismo, él decidió irse, si se quedaba disparando era otra historia. De cierta forma, quizá cuando ya estemos en el abismo nos demos la mano para salvarnos, no lo sé.
A mi más que la violencia política me preocupa la violencia cotidiana, la de los robos, la de los secuestros express. No me preocupa tanto el estallido político como el acostumbramiento a los doscientos muertos todos los fines de semana. Eso puede llegar a cuatrocientos o a quinientos, quien sabe. La proyección va creciendo. Es una putada, una total injusticia al frente de todos, pero nadie quiere intervenirla de verdad.

Este amigo del que te hablaba me llamó el 11 de Abril en la madrugada desde un hospital público de la ciudad, diciéndome “mira, me acaban de pegar un balazo en la columna, quiero que te vengas ya, va a haber problemas” Cuando llego vi muchos muertos, mucha gente grave también. Esa escena me hizo entrar en una desesperación vital. Eran venezolanos muertos, no me importa si chavistas u opositores, ahí hubo un acto premeditado de asesinato de dieciocho ciudadanos. ¿Cuál es el peor drama, además del familiar por supuesto? Todavía a estas alturas no sabemos quienes fueron los francotiradores. El gobierno dice “fueron los imperialistas”, los otros dicen “esta es la mano chavista”. Lo único que sabemos es que fueron profesionales. ¿Fue la CIA, fue el gobierno, fue la oposición? No tenemos idea. Lo único que sabemos es que al día siguiente el gobierno fue a borrar todas las evidencias a las escenas del crimen. Tampoco tenemos idea, a ciencia cierta, te digo con una nómina oficial, quienes fueron muertos.
Lo que ocurre dentro de las cárceles venezolanas es otra cosa dantesca. Hay bandas brutales dentro de las cárceles que replican las relaciones que tienen en el exterior. Hay purgas, razzias, homicidios. Pero los niveles de sadismo superan límites imaginables. Hace poco se supo que a un tipo lo mataron, le cortaron la cabeza y la banda rival jugó al fútbol con ella. Eso te evidencia, de la forma más bárbara posible, los niveles de impunidad existentes. Dirigen secuestros desde la cárcel, coordinan operaciones, manejan el narcotráfico.
Yo vi una foto en la portada de un periódico hace unos quince años -que la llevo buscando bastante tiempo- de unos treinta presos que fueron quemados por los militares. La fotografía que salió en primera plana del periódico es de los tipos quemados, agarrándose así, en una vaina dantesca. Lo que es gran pedo entre nosotros en América Latina es esa gran capacidad de nuestra memoria para olvidar, o por lo menos para omitir el horror. Cuando hay una matanza todo el mundo se espanta, pero a los tres días es como que no hubiera pasado nada. Hay una brutal capacidad de pasar por el lado de los hechos históricos, incluso de borrarlos. Esa acumulación de olvidos es grave, quedamos sin referencias.

domingo, 21 de julio de 2013

Pichanga


PICHANGA
Miércoles 24 de Julio de 2013
19:30
Valparaíso, Chile.



Nelson Garrido en Casa-K


Martes 23 de Julio de 2013
19Horas
CASA-K
Satiago de Chile

La reunión es de carácter mas íntimo (no masivo), con el objeto de poder compartir mas, y quienes lo deseen puedan exhibir parte de su material reciente o algún trabajo que quieran comentar. Contaremos con Data y sonido para que traigan su material (seleccionado) en formato digital si lo desean. Lo único que tienen que hacer es confirmar su asistencia y si es que quieren presentar algo o no (no es obligación).



martes, 16 de julio de 2013

Conversación Nelson Garrido UCV


Miércoles 17 de Julio de 2013, 6pm.
UCV
Escuela de Letras
Aula 201

lunes, 8 de julio de 2013

“Mi obra es un grito de lo que está pasando”




“Mi obra es un grito de lo que está pasando”

    Nelson Garrido, por Greilysú Moreno

    El Premio Nacional de Artes Plásticas (1991) y su formación con el artista Carlos Cruz-Diez, lejos de ser méritos que lo definen, son una suerte de trampolín hacia un lenguaje propio que poco tiene que ver con el arte cinético y menos aún con las convenciones de la Academia.
    Quien se para ante las obras del venezolano Nelson Garrido pronto descubre un cuestionamiento a las convenciones sociales. Son imágenes violentas e irreverentes que buscan reacciones contundentes ante tres grandes temas: muerte, sexo y religiosidad. A los ojos del autor son detonantes estéticos que, partiendo de la puesta en escena, muestran la estética de lo feo, la imaginería popular, la violencia como propulsora de reacciones y el erotismo visto en términos de sacrificio religioso.
    Aún así su obra no deja de ser una respuesta del colectivo. Series como Pensamiento único (2008), Todos los santos son muertos (1989-1993) y La pareja como base de la violencia social (2008) encuentran espacio en la imaginería popular de un país (Venezuela) del que se nutre el autor; y en este punto que la propuesta de Garrido descubre su límite, tal como él afirma: “la representación se queda corta ante la realidad”.
    Ese trabajo individual convive con su fotografía antropológica; más de 30 años de trabajo con la Fundación Bigott, recorriendo el país para registrar cientos de manifestaciones populares, que son sinónimo de lo contemporáneo y del sentir de un pueblo irreverente y sabio, tal como él lo define.
    De su maestro Cruz-Diez persiste su método de enseñanza, el cual pone en práctica día a día en la escuela que lleva su nombre: Organización Nelson Garrido (ONG). En este “espacio para los que no tienen espacio”, como dice su lema, coexisten las diferentes maneras de pensar, el derecho al error y a la divergencia, en pro de que cada estudiante desarrolle un lenguaje propio y así construya una excusa para aprender vivir y practicar la libertad.

    -¿Cómo se inicia en el mundo de la fotografía?

    -Llego a la fotografía a través del arte, específicamente, de la pintura. Viviendo en París, a los trece años, mi papá, militar y pintor, me envió a hacer espionaje tecnológico al taller de Cruz-Diez porque quería saber cómo se hacían “las rayitas”, y cuando llegué me quedé impactado; allí pasaba de todo. Pronto me hice alumno de Cruz-Diez  y  empecé a hacer arte cinético. Desde muchachito en vez de jugar con trencito jugaba con los hijos de Cruz-Diez con cámaras 4x5 y 6x6, que se revelaban y copiaban en un laboratorio que había allí. Ese fue mi primer acercamiento y quedé marcado para toda la vida.

    -¿Cuál fue su primera cámara?

    -Mi primera cámara profesional fue una Pentax que me regalaron mis padres cuando yo tenía 15 años. Era súper profesional, con teleobjetivo y otras cosas más.

    -¿Cuáles fueron sus primeras fotografías?

    -Yo llego a la fotografía después de trabajar con los plásticos que usaba Cruz-Diez para la fisicromía. Empecé a hacer una serie de diapositivas, todavía no sabía utilizar la cámara, pegando cucarachas, mosquitas…, las cuales quemaba y eso los proyectaba; el resultado era un cosa hermosísima. Es a través de esas primeras imágenes que paso a la fotografía. 
    De mis primeras fotografías recuerdo unas que hice en un viaje al sur de Chile a trenes de carga. Otras son unas que le hice al poeta chileno Nicanor Parra, y  fue una fortuna porque yo apenas estaba empezando. A Nicanor le publicaron su Obra gruesa y vinieron fotógrafos de Argentina, Brasil, de todas partes, pero él dijo que las fotos se la hacía yo. Me pagó el rollo, el revelado y todo de eso. Ese fue el primer trabajo que publiqué, fue en 1969.

    -¿En qué momento cree haber conseguido su lenguaje personal?

    -Cuando regreso a Venezuela a los 18 años, me incorporo directamente a la militancia política. Me voy a vivir a un barrio y me pongo a trabajar en función de la denuncia social; viví 10 años en el barrio Carapita, en Caracas. Después retomo la fotografía con una propuesta muy clásica; luego en la década de los 80, hago una imagen que para mí fue como un semáforo verde para avanzar: El cochino levitando, una fotografía que logré mientras hacía  un trabajo editorial que me llevó a recorrer toda Venezuela. De allí, en 1985, salto a hacer un registro de los perros muertos en la carretera, del que sale la serie Muertos en la vía (1987-1988), que sería un trabajo esencial para mi lenguaje personal. Así comienzo a investigar sobre esa estética, y es entonces cuando toma forma y fuerza mi lenguaje.

    -Los animales forman parte recurrente de su obra, ¿qué le aportan?

    -Para mí son mamíferos, seres vivos, solo eso. Yo no soy nada ecológico, al contrario me considero depredador natural. Mi interés es sobre la parte orgánica de los mamíferos. De los animales muertos me llaman la atención las vísceras como hecho estético y particularmente el proceso de putrefacción de estos, a nivel cromático, pues cuando se van pudriendo van dejando un aura o gama de colores.

    -¿Qué es la cucaracha para Nelson Garrido?

    -La cucaracha para mí es un animal rechazado, así como el cochino, a los que uso en mi trabajo que aborda las negaciones sociales; entonces todos esos animales, al igual que el excremento de los animales y la sangre, creo que son unos elementos estéticamente muy hermosos pero que la sociedad los ha condenado a ser feos. Yo creo en la estética de lo feo como estética de la belleza.

    -Cuando una persona ve sus obras suele haber un choque moral que lleva hacia la repulsión o la fascinación ¿Cómo debe pararse alguien ante una de sus obras?

    -Mis obras son detonantes estéticos donde cada quien ve lo que quiere ver, ve sus propios demonios y los míos; cada quien que los asuma con todo y sus problemas. No estoy buscando una obra para que la gente se sienta complacida ni para que esté de acuerdo conmigo. Para empezar yo no manifiesto verdades, yo manifiesto profundas dudas. Yo no doy respuestas, yo me hago preguntas. En todo caso, sí me parece preocupante que haya alguien a quien no le moleste lo que hago.

    -Hábleme de esos demonios, ¿cómo se dejan colar en sus obras?

    -Creo que toda obra es un trabajo personal para sacar tus demonios. Yo no pago psiquiatras porque tengo mi propia terapia. La gente cuando me ve me dice “oye, pero tú tienes cara de normal” y justamente soy normal porque hago la obra que hago.

    -Su trabajo ha sido catalogado como una denuncia poética, inteligente o grotesca. ¿Cuál se acerca más a su propia definición?

    -Me considero un terrorista poético y evidentemente es mi línea filosófica, que va desde el hecho político hasta la cotidianidad. Para mí la gran trampa está en la cotidianidad y haciendo terrorismo poético se rompe con ello y logras mucho más entrar en el inconsciente. 
    Tú te puedes olvidar de mi nombre pero no de los perros muertos. Eso me parece importante, lograr hilar conceptos que van más allá del nombre, de la obra; allí hay elementos que si quieres tejerlos te pueden llevar a tu propio mundo interior, que no tiene que ver con la obra que yo hice, sino que ya la obra es libre, eso es maravilloso, porque esta tiene que ser independiente, tanto es así que en mi página web el derecho es gratuito, tengo el anticopyright, para que mi trabajo circule y cada quien lo use como quiera.

    -Usted aborda el sacrificio religioso relacionándolo con el erotismo, ¿esto es una aberración?

    -Estoy convencido de que hay un goce sadomasoquista en el manejo de las imágenes religiosas, hay una gran sexualidad y sensualidad. Todas las vírgenes y santas son delgadas, están buenas y tienen allí como una risita pícara. Y ves, por ejemplo, a San Sebastián, un catire fornido, con cara de éxtasis mientras está siendo penetrado con flechas en forma de pene; además es una oda a la homosexualidad, lo cual me parece maravilloso. En otras palabras, la Iglesia te dice que el sexo es pecado, pero por otro lado lo  fomenta y es allí donde me parece que está la aberración de la Iglesia.

    -¿Por qué representar una doble moral de la Iglesia?

    -Porque es una reacción a todas las castraciones a las que uno termina sometido cuando estudias como yo en colegio de monjas y curas en Italia, Francia y Chile, donde te eliminan la sexualidad y el goce. Por ello solo  una persona que recibió ese tipo de educación puede hacer la obra que yo hago. Ahora, a mis 60 años, puedo decir esto riéndome pero de adolescente fue un gran problema para mí. Yo quería ser sacerdote, me gustaba Dios y la Virgen, pero como todo niño de 12 años, también me gustaba masturbarme y gozaba viendo revistas de mujeres desnudas. Recuerdo que hasta a la virgen María yo la veía con su pelito largo, que se le transparentaban los pezones y a mí excitaba. Me decía a mí mismo: “¡qué bolas soy un pecador! y si se me aparece la virgen María qué le voy a decir”.

    -Su trabajo antropológico le ha permitido conocer de cerca costumbres y sentires populares, ¿qué le han sumado como artista?

    -Para mí lo popular tiene un hecho sumamente contemporáneo. A veces creo que en un altar de María Lionza hay más elementos contemporáneos que en cualquier museo de arte moderno, y  yo me he nutrido de ello, mi obra está influenciada por todas las fiestas populares que tuve la suerte de registran en 30 años con la Fundación Bigott.
    Mis puestas en escena son como de fiestas populares. Me baso en elementos escenográficos de esas manifestaciones, en la sencillez y en los trucos que usan, por ejemplo, en los vía crucis para representar a los romanos usan un pipote con un cepillo y con eso crean el casco del romano; es perfecto.

    -¿En su obra subyace un pensamiento pesimista, esperanzador o realista?

    -Yo creo que hay esperanza en mi obra, pero más que enfocarme en ello, lo que busco es meter el dedo en la yaga para evidenciar cosas que ocurren y que no pueden quedarse en el silencio, es más bien como un grito de una sociedad que cada día más se nos va de las manos. Mi obra es un grito de lo que está pasando. Esa postura de no quedarse en silencio está presente en la serie Pensamiento único. ¿Qué hay que decir?
    En este momento del país, uno no puede quedarse al margen. Hay que tener una posición frente a lo que  está pasando, por ello marco abiertamente una postura. Siendo yo filosóficamente anarquista, estoy en contra de esta realidad política, en la que hubo y en la que vendrá, porque para mí la lucha es contra el poder. Hoy la pelea es para regresar al equilibrio democrático, donde podamos convivir todas las posturas incluyendo la chavista, donde haya el respeto del pensamiento del otro.

    -¿Su obra Caracas sangrante (1993) sigue señalándole como el profeta del desastre?

    -Para mí, Caracas sangrante era una situación que venía, los sistemas ya estaban en decadencia. En ese momento me catalogaron como un profeta y fomentador del desastre. Hoy se ha quedado corta al lado de la situación del país; y allí es donde digo que la representación se queda corta ante la realidad. Esta situación me angustia y allí es donde yo creo que la obra debe ser como un detonante social, que la gente reaccione; nos hemos acostumbramos a la inseguridad, a los muertos.

    -¿Cuál de sus obras o series ha sido la más controversial?

    -La autocrucifixión de Nelson Garrido (1993, de la serie Todos los santos son muertos), esa ha sido censurada a nivel mundial. Otra que le ha impactado mucho a la gente, y no me imaginé que iba a ser tal el impacto, es El asesinato del Niño Jesús (1993, de la serie Todos los santos son muertos).

    -¿Y la serie La gruta de la Virgen (2009)?

    -¡También! A mí me parece hermosísima. Es un homenaje que yo hago a la vulva, que me parece tan bella. Y yo esperé que la modelo tuviera el período, porque soy un admirador de este ciclo sexual. Yo con esta serie estoy haciendo un gran homenaje, casi un homenaje renacentista tipo Botticelli.

    -¿Cuánto hay de inconsciente en sus obras?

    -Hay una inconsciencia total. Mis obras están llenas de dudas, preguntas y errores. Cada vez que termino uno de mis trabajos, lo veo y me parece una mierda, nunca es lo que yo quería, está llena de errores, pero  uno aprende a asumirlos, y la obra es así, nunca está terminada.

    -¿De sus contemporáneos que van en línea horizontal con su obra, con cuáles se relaciona?

    -De los internacionales, mis aliados y grandes amigos son Marcos López de Argentina y de España Alberto García-Alix, Joan Fontcuberta y Antoni Miralda. De los nacionales están Luis Brito y Ricardo Armas. Y aunque no lo conozco está Joel-Peter Witkin, quien para mí es lo que fue Francis Bacon para la pintura en los años 60.

    -¿Dónde ha conseguido un mayor entendimiento o conexión hacia su propuesta?

    -En España, he tenido una recepción impresionante.

    -¿De sus autoretratos cuál cree que lo definen más en su presente?

    -Mi crucifixión con tres penes sigue siendo un retrato con el que me siento igual, está vigente para mí. Fue una reacción contra el Premio Nacional de Artes Plásticas que me dieron; yo no creo en premios por eso lo quemé y llené de sangre.

    -Le ha hecho homenaje a Joseph Bois, Rembrant, Francis Bacon, Picasso… ¿a quién más le gustaría homenajear?

    -Me gustaría hacerle un homenaje a Chávez, pero no he encontrado la manera.

    -¿Qué es la ONG (Organización Nelson Garrido)?

    -Es el espacio de los que no tenemos espacio. Es la anticonstitucionalidad, un espacio de creación, donde coexisten las diferentes maneras de pensar, con el respeto a lo que es diferente a ti.  Aquí conviven muchos grupos y muchas tendencias al mismo tiempo. Es un espacio de enseñanza, de diversidad sexual y cultural a todos los niveles.

    -¿Se considera profesor antes que hacedor de imágenes?

    -Yo soy un agitador de ideas en mi obra y en los talleres de formación que facilito, y ahorita estas dos facetas tienen el mismo peso.

    -¿En qué está trabajando actualmente?

    -Estoy haciendo algo sumamente ácido, que se llama La morcilla sagrada, un trabajo de video (el primero) y fotografía, donde se verá una ceremonia teatral donde me estoy sacando la sangre, de la que luego harán morcillas para que los asistentes se la coman. También quiero hacer una muestra usando franelas, que como medio para exponer fotografías me parecen son maravillosas, porque eso corre, circula; hay que buscar otros mecanismos para llegarle al público que no va a una sala o museo de arte.