lunes, 14 de febrero de 2011

La vírgen de Nelson

La vírgen de Nelson

José Pulido

Caracas rezuma ese vapor de Infierno, ese dolor de Purgatorio, esa prohibición de Paraíso. La obra de Nelson Garrido titulada “La vírgen de Caracas” tiene a la ciudad como telón de fondo y en ese paisaje se reanudan los caminos circulares de la Divina Comedia. La ciudad es el castigo del cuerpo y el verdugo del alma: todo tiende a arrancarte la vida, a dejarte sin fe, sin amor y sin dignidad. El habitante se encarga de castrarse a si mismo como usuario del sentido comun.

En ese primer plano, a vuelo de angel y de zamuro, (que viene a ser el paisaje visto desde el lado de allá, donde están los otros) flota la vírgen sangrante, que en la versión de Garrido no puede ser portadora de ingenuidades insípidas: verla es desquiciarse y escandalizarse, aunque está más cerca que nunca de los seres mortales, porque ella sufre en carne propia y en espíritu colectivo las crucifixiones diarias, que ahora se hacen a balazos por quítame esta paja y arráncame este celular.

En ese primer plano Nelson coloca a todos los personajes que integran la desesperanza, esa atmósfera que arropa en igual proporción a los vivos y los muertos, a las entidades espirituales y las bestias de carne y hueso. Nelson Garrido detalla los síndromes de todas las violencias, sin dejar de lado cierta ternura en el mirar, cierto desparpajo al sacarle a los desnudos y a los cadáveres el provecho que obtenían las herejías y los heresiarcas entre la masa adoradora.

Nelson Garrido ha ironizado siempre en torno al comportamiento humano absurdo y sin sentido, insensible y prejuicioso. Esperando bondades regaladas y caidas del cielo, la gente acumula maldades terribles hasta que se forman infiernos sobre infiernos. La ironía de Garrido hace estallar los paradigmas podridos y para ello acude a la realidad que jamás se oxida y a la imaginación que nunca se deja encadenar.

Mirar “La vírgen de Caracas” es una experiencia tan fascinante y cruda, que de repente, en su metáfora perversa, rememora el Canto Tercero del Infierno, donde el Dante escribió: “Por mí se va a la ciudad del llanto; por mí se va al eterno dolor; por mí se va hacia la raza condenada…”

La vírgen flota bañada en sangre y cargando al niño con su cordón umbilical terciado. Apenas recién parida y apenas recién nacido, madre e hijo son las victimas inmediatas y propicias de toda la violencia. Inclusive, el erotismo de la desnudez hace que el espectador dispare con sus ojos y sus emociones unos cuantos dardos envenenados y ansiosos a la joven señora. Los angeles hermosos y endemoniados que escoltan con su ritual de violencia a la vírgen de Caracas, también despiertan los morbos de Sodoma y Gomorra en el hipócrita y acomodaticio espectador que aún no ha sido atracado, secuestrado, asesinado, estafado o violado. Dios les salve a todos el lugar.

El referido Canto Tercero del infierno dantesco se percibe como una música ideal para la obra de Garrido, porque en lo alto de una puerta hay un letrero que dice: “Dejen toda esperanza los que aquí entren”.

Y ante tal mensaje el poeta Virgilio enarbola su comentario:

“Conviene abandonar aquí todo temor; conviene que aquí termine toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde te he dicho que verías a la dolorida gente que ha perdido el bien de la inteligencia”

Es como si ambos, Dante y Virgilio, hubiesen premeditado el cuadro de Nelson Garrido o estuviesen descendiendo también por las escalinatas homicidas del altar caraqueño. Aunque más lógico resulta argüir que Garrido no sólo se ha formado con imágenes sino también a la sombra de los grandes creadores de las artes habladas, escritas, cantadas y pintadas.

Es evidente que La Vírgen de Caracas es poesía retratada y destilada a través de infiernos, purgatorios y paraísos. Aquí te alegran la vida el despampanante sol y la naturalidad con que el Avila continúa siendo fresca montaña; del resto, Caracas toda es un incordio; Caracas es una ciudad inexplicable sembrada de rencores. A veces se pone romántica y muestra la morgue para que levanten la tapa y escuchen, porque esa es su cajita de música.

Viendo su obra, la gente cuyo intelecto no ha cesado, se da cuenta de que Nelson Garrido se ha convertido, sin proponérselo, en el angel de la guarda de la ciudad y su función primordial consiste en buscar explicación para lo inexplicable.

Su cajita de música preferida también tiene un olor a eros y a muerte pero se llama cámara. La vírgen puede ser digital o analógica y eso no le quita lo damnificada. Los ojos que miran más allá del desamparo y de la violencia inmisericorde hacen magia cuando pintan con ese obturador de almas. Los ojos que se llaman Nelson, que se llaman cámara, que enfocan el pubis.

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