martes, 12 de diciembre de 2006

Estetica de la Violencia, 1997

Antes de hablar de estética tendríamos que ubicarla en función de qué estética estamos hablando, para quién se produce y en que marco de ideas se desarrolla.

Tocar el problema de la estética sin antes asumir una posición ética; sería simplemente contentarnos con una discusión estéril que solo desembocaría en justificar la falla de un verdadero compromiso con la realidad que estamos atravesando en nuestro país.

Evidentemente tenemos una realidad externa que sobrepasa la respuesta que le estamos dando, tanto a nivel de forma como de fondo.

En medio de la violencia reinante en el país, que nos salpica diariamente, nos quedamos en intentos estéticones donde nos limitamos a resultados objetuales que solo responden a una demanda de mercado, en vez de abordar seriamente una estética de la violencia con imágenes concepto que sean un grito, imágenes que molesten y trastoquen los códigos aceptados.

Hechos; como la masacre de la planta, done murieron aproximadamente 24 personas calcinadas, hacen que reflexionemos sobre lo corto que nos quedamos si pretendemos hablar sobre una estética de la violencia.

Si el arte no es el reflejo o válvula de escape del inconsciente colectivo de una sociedad, sólo se transforma en la expresión egocéntrica de unos cuantos iluminados cuyo alcance se limita a ser mercadería decorativa.

La estética dominante está determinada por los mercaderes de arte con sus correspondientes sacerdotes llamados curadores, quienes están fundamentados en tendencias foráneas mal digeridas trasladadas mecánicamente a la realidad de nuestro país. Generalmente ésta estética no responde a hechos históricos y mucho menos sociales, sino que aberraciones egocéntricas que siempre los ponen en cola, a mendigar una pequeña limosna o una íntima cuotica de poder en algunos circuitos internacionales.

Plegarse al mercado del arte o alinearse a la cola de estos nuevos sacerdotes ponen evidencia una estética complaciente y decorativa que sólo sirve para engrosar colecciones o estar presentes en Salones o Bienales sin alterar en ningún momento el oficialismo reinante en estos eventos.

La estética de los salones y bienales responde a la aprobación sumisa de los criterios impuestos por los curadores de paso, por ejemplo, los grandes formatos. Es la estética de lo espectacular, sin revisión del propio contenido de la obra. Los artistas no pueden asumir una estética salonera donde su propio trabajo sólo obedezca a una respuesta espasmódica cronometrada de acuerdo a las diferentes competencias fijadas en estos eventos.

Joel-Peter Witkin, Cindy Sherman, Starn Twins, etc., son modelos internacionales. Lo que hay de universal en sus fotografías hace que funcione en cualquier contexto. Son imágenes para releer y analizar, no para ser copiadas literalmente. Es necesario hacer de ellos una relectura local, particular, cercana, social, que nutra nuestra propia experiencia y enriquezca nuestro propio lenguaje. Igual sucede con el kitsch y la estética de lo feo; no se trata de repetir formulas, sino de releer y drenar información.

Los curadores se han convertido en instrumentos de censura. Responden a parámetros internacionales y uniformizan las respuestas artísticas.

La homogeneización del mercado del arte nos condena a estar en la cola de las tendencias impulsados por los centros de arte.

La obra debe tener un valor en sí misma, sin que el artista viaje a su lado promocionándola.

En un momento de crisis debe hacerse un llamado a la revisión ética de valores; el problema no es como gerenciar el arte, sino cuál es el valor intrínseco de lo que estamos haciendo.

La fotografía en Venezuela ha sido apoyada cuantitativamente (salones, premios, etc.). se han estimulado las roscas saloneras, pero no ha habido preocupación por asumir la tarea formativa.

Los artistas actúan en función de financiamientos estatales, jugando a ser víctimas y agresores del estado. La propuesta no puede ser oficial, la antioficialidad no puede ser mantenida por el estado. Hay que dejar de pedir y empezar a dar.

Una de las tentaciones que atacan a los nuevos fotógrafos es la de cuadrarse con la onda internacional que le permita lograr un status en un reducido ambiente artístico nacional. Se trata de “pegarla” con una fórmula que contente a curadores, galerista y críticos. No se está haciendo una verdadera reflexión del propio trabajo y del propio lenguaje expresivo.

Las bienales se han convertido en pretexto para que curadores y críticos armen su visión artística, atendiendo a lineamientos de mercado. Los artistas, simplemente, hacen el juego.

Actualmente, el mercado del arte está basado en premisas económicas. Este mercado es mantenido por los críticos, quienes escogen a los artistas y luego hacen su historia para elevar su cotización. Es un problema de precio.

La crisis económica hace que no haya un mercado real del arte.

Entonces, se trabaja para un mercado inexistente? La resultante es una gran confusión donde no hay búsqueda, no hay compromiso. La ausencia de una crítica y una teorización del arte hace que todo sea englobado con las etiquetas de “conceptual” o “postmodernista” y se evite el análisis real y la reflexión.

Hay que diferenciar entre estado y país. La solución ante la crisis no es buscar como calar en centros internacionales y emigrar, sino ver qué puede dársele al país como respuesta ética y moral frente al caos existente.
Nelson Garrido