martes, 12 de diciembre de 2006

Bio-lencia. Estética de lo Feo, 1996

Si yo tuviera que justificar por qué hago las cosas, no sabría como decirlo; yo se que las hago. A veces escucho ciertas críticas que los críticos hacen sobre mi obra; si yo pensara tanta pendejada no haría esa obra.

Mi gran preocupación es cómo poder ligarme más al hecho diario. Siento que a veces, con el trabajo de autor, uno se va desligando, se va alejando y metiendo en una especie de cúpula aislada de la realidad. Hay una cosa que me inquieta: La estética de la violencia. La estética de la violencia cada día nos salpica más; nos salpica la sangre de la violencia que hay ahorita, y por muy fuerte que a la gente le parezca mi trabajo, se queda corto. Afuera hay una realidad más fuerte y muchísimo más cruda y los intelectuales y los artistas no han asumido eso con suficiente honestidad. En Venezuela hay artistas que se aproximan a la violencia en todas partes del mundo. La violencia en Brooklyn, en New York, la violencia de las minorías portorriqueñas; pero si hablamos de violencia, en el país tenemos que exportar. Tenemos una materia prima dramáticamente grande para trabajar en este país.

El día que una de mis obras se reparta en estampitas en la puerta de una iglesia y tenga el valor de una estampita de José Gregorio Hernández, ese día una obra mía tendrá sentido. Hasta el momento intento sacar postales, desmitificar la obra única. Creo en el hecho publicado, en la imagen que circula, en la imagen que molesta, en la imagen militante. Militante en el sentido que tenga un mínimo de sentido. No creo en la obra vendible, en la obra que se vende en una subasta, en un museo; al contrario, si uno se mete en un museo debe ser para trastocar los códigos.

Yo ataco la inmoralidad de la moral. Mucha gente me considera antirreligioso; yo me considero profundamente religioso. Creo que tocando los códigos esenciales de la religión uno logra meter el dedo en la llaga y cuestionar. Si una persona se siente molesta, me parece bueno que se sienta molesta y trate de regresar a los códigos originales de las imágenes en las cuales se cree. Uno de los conceptos que promuevo en mi obra es el concepto de la necesidad de sacrificio, como una única manera de emularse y avanzar como seres humanos.

Para mi la lucha es contra el poder en cualquier forma que se encuentre. La lucha es contra el poder y contra todo lo que implica el manejo del poder.

Una exposición que no logre mover, para mi no tiene sentido. Creo que la obra tiene que pesar sola; uno no puede vender el personaje. La obra tiene que tener un peso específico.

Muchas veces la obra logra cosas que no son medibles en medidas geométricas; son esas fuerzas invisibles que conectan la imagen con el individuo cuando la observa: puede molestarlo o agradarlo. Creo que en un momento donde la sociedad tiene tantas imágenes, si no hacen imágenes de choque, que trastoquen, sencillamente se pierden en el mar de imágenes que circulan alrededor del mundo.

Uno empieza a transitar el otro lado de las cosas: la estética de lo feo, la estética de lo diferente. Por qué? Por qué buscar la estética de un perro muerto, la estética de un cochino crucificado? Pienso que allí hay códigos esenciales que van más allá de la fotografía: es la capacidad social de aceptar lo que es diferente a ti. Cuáles son los códigos de lo bello? Los códigos de lo bello están asociados al poder económico; a ciertos patrones estéticos. Lo que nos están imponiendo es una estética que genera una profunda infelicidad. Nos están enseñando a rechazar nuestro propio cuerpo, a no aceptarnos como seres integrales, como gorditos que tenemos barritos. Hay que empezar a defender la estética de las mayorías.

Creo en la estética de las vísceras. Nuestro hígado es bonito, todos tenemos páncreas. Ahora estoy trabajando sobre eso: naturalezas muertas y podridas. Nos han enseñado a rechazar todo aquello que no esté en las normativas y yo creo que lo más grave no son las imágenes, sino la sociedad de infelices que genera. Eso es lo que más me preocupa. Si las imágenes que yo hago logran que la gente se pregunte sobre este problema, ya es importante. No importa que no compren la obra, o que les parezca horrible. Si por lo menos una vez se plantean que hay otra cosa que no es lo que ellos están acostumbrados a ver y si pueden aceptar y respetar el derecho a que existan cosas “diferentes”, eso es importante. Por esas diferencias se ha matado gente, se han hecho guerras, se ha exterminado; no puede ser. Yo me niego a ser parte de esa estética que a mi me hace infeliz. Debemos crear nuestras propias normas estéticas.

La vida de uno tiene que ser la propia obra de uno. Para mi la obra no es un fin sino un medio. Una obra es como un desgarramiento, es como abrirte el alma. Después de tanto tiempo trabajando con la muerte he llegado a la conclusión de que la muerte no existe, que la vida se transforma y camia de forma. Es el concepto alquimista: no hay resurrección sin pudrición. Creo que en la pudrición también hay vida, sólo que es otro tipo de vida. La muerte como cosa estática evidentemente no existe, es una especie de ciclo entre la vida y la muerte que se transforma continuamente y tiene una estética muy hermosa.

Ahora estoy trabajando con cosas objetuales. Ya no me interesa si es fotografía, si no es fotografía, si se vende, si no se vende. El límite es uno mismo.

Nelson Garrido

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